Dominican Sisters

Nuestra Fundadora

La Madre Pía con alegría realizaba sus oraciones en fe, pidiendo especialmente a favor de la Iglesia. La Eucaristía y sus oraciones a favor de la Iglesia eran el alimento de su alma. Ella creía que el poder de la oración molda los corazones y nos permite aumentar nuestro llamado a vivir y servir al Señor.  Ella sabía que si no estábamos arraigadas en Dios, que si lo que hacíamos no emanaba del amor y espíritu de Dios, no daría fruto.

Su corazón compasivo fue lo que la llevó a tomar decisiones. Su corazón acogía todas las culturas y se abría especialmente por los más necesitados, los jóvenes, los pobres y los vulnerables. Ella envió misioneras a un grupo de Hermanas a Alemania en 1901; también las envió a estudiar a Europa. Viajó a México en 1909 para explorar la posibilidad de establecer la primera escuela católica en la ciudad de México. Soñaba con enviar hermanas a las Filipinas y a China para continuar su sueño de establecer excelentes institutos educacionales.

La Madre Pía no fue una mujer con sueños de grandeza. Tampoco era carismática, ni una rebelde o mística. Desde sus inicios era una mujer de salud precaria que constantemente extrañaba su casa y sufría de depresión. Sin embargo, ella impactó de manera profunda nuestro mundo a través de su compromiso por la educación, la evangelización y su promoción por la paz y la justicia.

La Madre Pía fue una mujer global que tomó riesgos. El mundo en si era su campo de trabajo lleno de posibilidades.
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