Otorgándole prioridad a la oración personal y litúrgica, nos abrimos a Dios “por quien vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser.”
Santo Domingo viajó con los Evangelios en sus manos y la Palabra de Dios la llevaba siempre en su corazón y en sus labios. Nosotros nos esmeramos a seguir su ejemplo por su pasión de las Escrituras, meditándolas y proclamándolas a través de nuestra vida.