Al vivir en comunidad, estamos abiertas a los dones y los retos de la vida cotidiana de mujeres de diversas culturas, edades, ideologías y necesidades.
El vivir en comunidad es estar comprometidas a un diálogo continuo con cada una, permitiendo que nuestra visión personal sea moldeada y moldeé a su vez la visión de la Congregación. En comunidad experimentamos la fortaleza, energía y la esperanza más grande de la que individualmente poseemos.
Las necesidades de la Iglesia de hoy, nos reta a crear comunidades en nuevos lugares y a responder al llamado a servir a los pueblos de Dios.
Escuchamos la voz del Espíritu para realizar decisiones sabias sobre los lugares donde crear nuevas misiones y en donde debemos retirarnos agraciadamente. Confiamos en la Divina Providencia como apoyo y sustento.